VOX CIVIUM: La nociva política expansionista de Donald Trump

Omar Edgardo Rivera Pacheco

La segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha marcado un punto de quiebre en la política exterior norteamericana. Lejos de la diplomacia tradicional o del multilateralismo moderado de otras administraciones, el líder republicano ha optado por un discurso y acciones abiertamente expansionistas. Su estrategia revive doctrinas del siglo XIX como el “Destino Manifiesto” y la “Doctrina Monroe”, bajo la premisa de que Estados Unidos tiene un derecho divino y estratégico a expandir su influencia y control territorial, incluso sobre naciones aliadas.

Desde su primer mandato, Trump se ha caracterizado por el eslogan “America First”, una filosofía que se ha traducido en proteccionismo económico, rupturas diplomáticas y desprecio hacia organismos internacionales. Su regreso al poder ha sido acompañado por una versión aún más radical de esa doctrina, que ahora incorpora elementos imperialistas y ambiciones territoriales.

El mandatario norteamericano ha manifestado sus aspiraciones expansionistas en varias direcciones: quiere anexar Groenlandia, convertir a Canadá en el estado 51, retomar el control del Canal de Panamá y apoderarse de la Franja de Gaza. Además, en un hecho pintoresco, aunque no del todo irrelevante, ha mencionado planes para llevar la bandera estadounidense a Marte, elevando el expansionismo a una escala interplanetaria.

Dada su importancia prospectiva y la amenaza que estos planes implican para el mundo entero, y con el ánimo de contribuir a la comprensión geopolítica, nos proponemos esbozar las desmesuradas pretensiones de Trump.

Groenlandia se ha convertido en una obsesión para Donald Trump. Ya en 2019 intentó comprarla a Dinamarca, pero fue rechazado. En 2025, retomó su plan, alegando que la isla es vital para la seguridad nacional frente a Rusia y China. Ha enviado emisarios, repartido propaganda y no descarta el uso de la fuerza para apoderarse de ella, lo cual ha generado tensión diplomática con Dinamarca.

Del mismo modo, Trump ha declarado que Panamá ha violado acuerdos sobre el uso del canal y exige su devolución. El 4 de marzo de 2025, reiteró su intención de “recuperarlo”, insinuando una intervención directa. Justifica esta postura bajo el argumento de tarifas “excesivas” y la creciente presencia china en la región. No solo se trata de comercio; se trata del control geopolítico del istmo americano.

La relación entre Trump y el gobierno canadiense, tanto el recién pasado dirigido por Justin Trudeau, como el actual liderado por Mark Carney, se ha deteriorado gravemente. El ocupante de la Casa Blanca ha impuesto aranceles del 25% sobre productos canadienses y ha amenazado con más sanciones si Canadá no accede a “negociar” su incorporación a Estados Unidos. En su momento, llamó a Trudeau “gobernador” y ha promovido la idea de Canadá como el estado 51, provocando una ola de nacionalismo canadiense y respuestas diplomáticas contundentes.

Al otro lado del océano Atlántico, el presidente Trump ha propuesto que Estados Unidos tome el control de Gaza tras expulsar a la población palestina hacia Egipto y Jordania, con el objetivo de convertir el territorio en un complejo turístico. Esta propuesta ha sido calificada por muchos como una forma moderna de limpieza étnica, y ha sido duramente condenada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y diversos actores internacionales.

Finalmente, en su discurso de investidura, Donald Trump anunció que Estados Unidos “llevará su bandera hasta las estrellas”. Bajo el argumento del “destino manifiesto”, ha prometido plantar la bandera estadounidense en Marte. Si bien esto puede parecer una ambición científica, el enfoque retórico revela una visión de dominación más que de exploración pacífica.

Tras esta revisión de los planes expansionistas del mandatario estadounidense, resulta evidente que busca reafirmar el poder de EE. UU. ante su declive global. Frente al ascenso de China y el resurgimiento de Rusia, el expansionismo se convierte para Trump en herramienta de proyección de fuerza. Regiones como Groenlandia, Canadá, Panamá y Gaza son codiciadas por sus recursos estratégicos: minerales, rutas marítimas, petróleo y control geopolítico. Además, esta agenda expansionista funciona como cortina de humo ante sus desafíos internos y para consolidar su base ultranacionalista.

Sin embargo, sus ambiciones chocan con la soberanía nacional, principio consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. La anexión forzada es ilegal y expone a Estados Unidos a sanciones del Consejo de Seguridad. Los planes de Trump violan tratados bilaterales, resoluciones de la ONU y normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), especialmente en los casos de Panamá y Groenlandia.

Convertido en emblema del unilateralismo y nacionalismo global, Trump ha sugerido emplear coerción económica, propaganda y posible intervención militar para imponer sus designios. Aplica ya tarifas punitivas a Canadá, moviliza aliados para ganar respaldo en Groenlandia, planea la ocupación de Gaza con desplazamiento forzado y podría utilizar empresas privadas para socavar la soberanía panameña sobre su canal.

Lejos de inaugurar un nuevo orden mundial, la política de Trump representa un regreso a épocas de dominación y conflicto. Su desprecio por las alianzas multilaterales, el derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos erosiona el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque el mundo se transforma, no sigue la senda imperial que Trump desea. Sus planes desconocen las graves consecuencias humanas, ambientales y diplomáticas que acarrean.

Trump no construye puentes, levanta muros. No fomenta la cooperación, incentiva la confrontación. No lidera con el ejemplo, amenaza con la fuerza. La comunidad internacional debe mantenerse vigilante y unida para frenar cualquier transgresión a la soberanía de las naciones. De lo contrario, nos arriesgamos a abrir la puerta a una nueva era de conflictos globales.

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