Leyendas de Olancho Cinco Mil Onzas Españolas

Froylán Turcios

Si alguien —que nada haya tenido que ver con este asunto— se diera en él por aludido, ruégase disculpar, recordando que, entre la Verdad y la Leyenda, en ocasiones, hay un espacio tan pequeño que por él apenas podría pasar un hartijo de pelo. —F. T.

I.
Un día —hace ya tantos años— recibí en Tegucigalpa la visita del italiano don José Divanna, de quien tuve siempre el mejor concepto por su vida de honorabilidad y de trabajo.

—Vengo —me dijo— a proponerle un magnífico negocio que nos sacará para siempre del abismo de los apuros económicos.

Y, en cuanto se hubo sentado, me hizo el singular relato siguiente:
*“Cuando fui a Juticalpa, en agosto de 1888, llevé una carta de recomendación de una señora importante de la capital para su tía Mercedes, a quien la entregué en el preciso momento en que toda su familia se trasladaba a su hacienda Las Blancas.

Alguien especial exigió de mi pobre persona que condescendiera cuando, con las más honrosas palabras, me entregó la llave de su casa, recomendándome tener abiertas las puertas interiores para que las habitaciones se ventilaran, después de señalarme el cuarto que yo debía ocupar.

Recorrí apacible toda la ciudad, alumbrada apenas por uno que otro mortecino farol, y poco antes de la medianoche me dispuse a dormir, tras una larga jornada de catorce leguas sobre una bestia. Con [sic] premura colgué mi hamaca entre dos pilares del corredor.

No tardé en sumergirme en el más profundo de los sueños, del que de improviso desperté sobresaltado, con un largo escalofrío, en el momento en que sonaban las doce en la iglesia vecina. La noche era ya más clara y las sombras de los árboles del patio se movían ligeramente en la penumbra.

De aquella indecisa claridad vi surgir un hombre vestido de negro, sin sombrero y con un pañuelo blanco en el cuello, más bien bajo que alto, y ni grueso ni flaco, como de sesenta y cinco años, que caminaba sin ruido hacia el interior de la casa. Al pasar junto a mí levantó una mano, como llamándome, y yo caminé tras él sin el menor miedo.

Recorrí varias estancias en las que, por la ventana exterior y postigos de parra, entraba una vaga luz, y al llegar a cierto sitio se detuvo, señalando al suelo con su índice, para desaparecer súbitamente.

Le declaro que en aquel momento sentí un intenso pavor, que me heló la sangre, saliendo a la calle más que de prisa. Fui a esperar el día lejos de aquel lugar, regresando después a Tegucigalpa.

He guardado una grave reserva durante todos estos lustros, temeroso de que me sobre-venga una desgracia si lo publico y, también, de que se me tenga por un embustero. Yo le juro por Jesucristo que nos está mirando, que mi familia ya sabe absolutamente todo lo que acabo de decirle: que no fue un sueño, ni una alucinación producida por el alcohol, ni un mental desequilibrio.

¡Ahora bien!: yo estoy en una situación pecuniaria dificilísima y, arriesgándome a todo, lo exhorto a que procedamos, sin demora, a sacar ese entierro, que se halla en un punto que solo yo conozco y que dividiremos por mitad. Partamos mañana mismo para Juticalpa y, dentro de pocos días, verá usted plenamente confirmadas mis palabras. ¿Qué me responde? ¿Por qué se calla? ¿O cree usted que soy un farsante?”_
Impresionado por aquel relato misterioso, con mirajes a lo Desconocido, guardé un minuto en responder.

—No, amigo Divanna, le tengo a usted por hombre sincero, exento de toda falsedad. Y en prueba de que acepto con fe ciertas extraordinarias afirmaciones, voy, a mi vez, a detallarle algunos antecedentes sobre el particular, que usted seguramente ignora. Existe una leyenda relativa a un tesoro oculto en nuestra casa.

—Cuéntase que un abuelo, Dionisio Cándales, cuyos restos reposan en la iglesia de Juticalpa —la sombra misma que se le apareció—, en su época fue rico ganadero y poderoso terrateniente. Siguiendo la antigua costumbre de enterrar en hoyos las tierras ganadas, cauda-les y riquezas, ocultó en esa casa… onzas en una amplia vasija de barro, se supone… unos ochenta mil pesos oro en onzas españolas, incluyendo, además, en ellas, todas las alhajas de este metal que poseía su familia. Habiéndose formado una creencia de que muchas personas vivieron en gran miedo por dicha cantidad en aquellas monedas, que jamás circularon por ninguna parte, y que procedían de un fuerte negocio de oro con el polvo y ganado hecho en Trujillo.

“Así sucedió que cada vez que la casa que-daba desierta, por las temporadas de la familia en el campo, gentes infieles, ávidas de aquel fantástico tesoro, introducíanse en ella a las más anchas, saltando las tapias de los patios próximos a las excavaciones, sobre todo alrededor del centenario tamarindo, en la despensa, en la cocina, y en una ocasión en los cuartos, cuyas puertas abrieron con ganzúas. ¿Sabía usted de esto, don José?

—Lo ignoraba por completo. Jamás he te-nido conversación alguna con nadie sobre el particular.

—Bien. Ahora le diré lo que es seriamente, a esta misma hora, para darle una contestación categórica. Voy a meditarla con toda la serie-dad que merece.

II.—Cuando referí a mi hermana el diálogo anterior, se echó sus exactas definitivas palabras:

—No he creído, en absoluto, como antes había yo creído en nuestra niñera, que nuestro abuelo dejara ninguna cantidad enterrada. La dolencia que lo condujo al sepulcro fue larga y dolorosa, y expresó siempre su juicio claro y sereno. ¿Cómo ha de dejar perdido inútil-mente ese tesoro del que no habló nunca? Ni su esposa, ni sus hijos dieron jamás crédito a esa fábula.

—¿Y cómo te explicas la visión que tuvo Divanna? ¿O crees que él se obstina en darle una forma real a un sueño quimérico?

—Sobre esto me abstendré de contestarte. Si creo que es un ser retardado. De todos modos, si el caso del entierro fuera cierto, alguna íntima y poderosísima razón tendría nuestro abuelo para dejar perdido ese dinero.

—¿Y si en su delirio se arrepintió y por eso condujo a Divanna al lugar con tal exactitud?
—Así sea, tal vez. Pero lo mejor es dejar las cosas como están.

Dije a don José que yo no iría a Olancho; pero que, si deseaba por su cuenta sacar el entierro, lo facultaba para ello. Que le entregaría un permiso legal, dividiendo por mitad su valor con mi familia, como me lo propusiera.

Negóse rotundamente —ignoro aún por qué— a lanzarse solo en aquella aventura.
IV. —La casa fue vendida en una de nuestras crisis pecuniarias —en 1905— al general Manuel Bonilla, quien la compró, por la mitad de su valor, para obsequiarla al colegio La Fraternidad, según me dijo varias veces, a mí y a otros de sus amigos. Cuantos tuvieron noticia del propósito de venta nos recordaban el tesoro que guardaba, probablemente veinte veces mayor que la cantidad ofrecida por el inmueble.

V.—No volví a oír hablar del entierro hasta en 1917, en que tuve por huésped a mi tía Antonia Zelaya, hija natural de mi citado abuelo. Quien, dos noches después de su llegada, aprovechando una hora en que yo andaba libre de ocupación y podía escucharla sin testigos, me explicó el motivo de su viaje.

—Era preciso que yo viniera a verlos, pues peor es lo que voy a decirles perdería interés. Hay una muchacha en Juticalpa (dijo el nombre y señas personales, que en este instante no recuerdo), algo visionaria y epiléptica, que asegura hace un mes se le apareció—en su época rico ganadero y poderoso terrateniente—tu tatarabuelo Dionisio Canelas. Los de-talles que le da son exactos, pasándose en el corredor, y le indica el sitio en que se hallaba el entierro.

—¿El extremo sur del último cuarto?

—No. En el umbral de la puerta que comunica la sala con el dormitorio, a dos metros de profundidad. El cura, según lo que ella me refirió en el mayor secreto, le ordenó comunicar personalmente la noticia a los nietos legítimos del difunto; y como por causa de infelicidad de recursos no pudo hacer el viaje, me veo yo en la obligación de rogarles, de buena fe, que ustedes, actuales dueños de la casa, procedan con discreción y, si lo tienen a bien, practiquen una excavación, con la certeza de que algo se ha de ver. Yo haré el gasto necesario. No me importa el resultado.

Mi hermana, con las frases que usualmente me contrarían, la manifestó su opinión.

—Pero nada se pierde con intentar algo. ¿Qué puede costar hacer un hoyo de poco más de dos varas y remover la tierra? Con doce pe-sos se arregla todo. Froylán perdería solo dos semanas en hacer un viaje a Juticalpa.

Yo le ofrecí diez pesos para que ella actuara directamente, sin que nosotros reclamáramos nada del tesoro, que le pertenecería por ente-ro. Mas todo fue inútil, pues, como Divanna, se negó a ello.

Entonces envié a Olancho a mi hermano Gustavo para que acometiera la empresa. Le di una buena mula y tres águilas norteamericanas de veinte dólares.

A los diez días le vi volver con la cara compungida.

—¡A su gran flauta! —exclamó. Vas a disgustarte conmigo; pero así como puedo romperme la crisma con el más valiente, mi temor a los difuntos es invencible. No cumplí, ni en mínima parte, las instrucciones que me diste porque los insomnios, pensando en ellas, me pusieron de correr. Obsesionado por ese infausto entierro se clavó en mi cráneo la idea de que, si no lo hallaba, me iba a poner en ridículo, y si (lo que era peor aún para mí) lo encontraba, a los dos meses yo sería el enterrado, como sucede siempre en estos casos.

Por todas sus fases era esto para mí un mal negocio; y aquí me tienes con sesenta leguas inútiles sobre las espaldas y con sesenta dólares perdidos.

VI.—Un estimable señor, lleno de hijos y de deudas, realizó la aventura; y, en una madrugadita, un vecino del colegio La Fraternidad le vio salir, una y otra vez, del recinto del plantel, por la única parte que da a la calle, agobiado bajo el peso de un saco de cuero. Y, por más esfuerzos que hizo para borrar las huellas de la excavación, ésta fue noticia para todos los que quisieron comprobarla.

Cambió, al tipo más alto, en Trujillo y otros puertos de la Costa Norte, las gruesas onzas de oro con la efigie de los monarcas hispanos; y, después de pagar a sus acreedores, fue a establecerse en Tegucigalpa, en donde compró una casa, actuando luego en diversos negocios.

Mi hermana obstinóse en no creer en la historia de aquella leyenda. Pero una tarde en que la menor de las niñas del afortunado caballero estuvo casualmente en nuestra casa, le llamó la atención una preciosa cadenita que pendía de su cuello y que terminaba con un menudo corazoncito de oro, en el que vio grabadas una R y una T, apenas visibles. Al retenerlo en sus manos su memoria se iluminó: aquellas delicadas joyas de pálido oro del Guayape fueron suyas, las llevó sobre su pecho, de los cinco a los nueve años… Sí, fueron suyas: un regalo materno en el día de San Rafael, con sus iniciales entrelazadas; obra de un artífice olancho, anónimo por su humilde modestia: Marcos Mercadal.
Con la emoción natural del extraño pregunto a la niñita:

—¿Quién te obsequió con esa cadena tan linda?

—Mi papá. La trajo de Juticalpa. Froylán Turcios
De Ariel.

San José de Costa Rica, octubre de 1937.

 

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