“EN alusión a su editorial del día de hoy –mensaje de la amiga lectora– y a lo que estamos viviendo actualmente: Qué hermoso era el tiempo en que la gente conversaba y expresaba sus sentimientos con sinceridad, cuando prevalecían los ideales por encima del amor al dinero. Si los jóvenes pudieran sentir, aunque sea por un instante, el esfuerzo de nuestros abuelos por construir un país con democracia y derechos, quizá valorarían más lo que hoy se está perdiendo por la falta de valores. No sé a quién se le ocurrió eliminar la clase de Moral y Cívica; pero ojalá no terminen siendo víctimas de la sociedad fría que heredan”. La doctora amiga: “Teníamos que llegar a esta situación; era de esperarse”. Cito una frase de Milán Kundera: «El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Solo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar el pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido. Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos”.
“Gracias por el regalo –mensaje del amigo de SPS– y esta lectura de Kairós que queda en mi haber”. “‘La Puerta’ lo dice todo, no puedo agregar más”. “Continúe haciendo lo que le gusta, vivir, servir y escribir”. Alusivo al cuento de los tiempos cuando azotó a Honduras el bíblico diluvio: (Sin embargo, una hermosa anécdota, que logró trascender las fronteras, fue la que ofreció al mundo testimonio de la indomable voluntad de nuestra gente de no dejarse vencer por ninguna adversidad. Transmitida, en espacio estelar del noticiero, por una influyente cadena internacional de la televisión, cuyo presentador, con su equipo de cámaras, coincidieron estar grabando allí, en el momento preciso, y capturar el relato. Rodeado de su afligida familia, un padre damnificado mostraba el lugar donde vivía, antes que los implacables derrumbes soterraran las desaparecidas casas de su aldea. “Aquí –señalaba con el dedo– aquí vivíamos nosotros”. “¿Dónde –indagaba extrañado el presentador sin entender qué le mostraba– si aquí no se ve nada?”. “Aquí abajo, debajo de este lodazal”, indicaba con una estirada de los labios hacia esa dirección, mientras escarbaba el montículo; primero con las manos hasta que alguien, de algún lado, llegó a entregarle una pala. Impaciente y sudoroso, sacando cubetas de barro espeso, de pronto tocó con algo sólido. Entre gemidos de esfuerzo y gestos de satisfacción, logró destrabar de los escombros un rústico tablón. “Mire –exclamó retribuido– esta es la puerta de mi casa”. “Algo he podido recuperar. Con esta puerta de madera, ya puedo comenzar de nuevo”. Ese fue el punto. Marcando, tal vez, la reconciliación con su agonía. O más bien, el punto de partida de su esperanza. Cómo agregar más palabras, a un ejemplo tan bello, solo conseguiría arruinarlo; hasta aquí. Con el permiso del amable auditorio ponemos, entonces, el punto final).
(Ni se te ocurra –advierte el Sisimite– agregar algo más a lo que ya se dijo. -Pues no, –interrumpe Winston– pensaba quedarme callado sin decir nada. Sería sacrilegio cualquier agregado de no ser porque algo tenía que decir –no tanto a vos, sino para satisfacción de los lectores del colectivo– que no tenía pensado hablar, de no ser por esa tu advertencia que “ni se me fuera a ocurrir agregar algo”. -Ya, ya –suspira el Sisimite– no más palabras, estamos igual a los políticos que no sabemos cuándo parar de hablar. -Es un pleito –ironiza Winston– por quién tiene la última palabra. Y como yo la tengo, mejor volvamos a leer ese hermoso cuento de “La Puerta”, que lo dice todo).