Oscar Armando Valladares
Concluidas las agitadas elecciones internas -que nos dejaron oportunas enseñanzas para el examen final del 30 de noviembre-, damos un descanso a la política y, de cara a la celebración de la Semana Santa, centremos la atención en la figura tutelar del Nuevo Testamento descrita por José Ernesto Renán, filósofo, historiador y creyente francés, quien -a raíz de algunas dudas y conclusiones racionalistas- optó por abandonar sus estudios religiosos en el Seminario de San Sulpicio, no obstante lo cual mantuvo intacta su adhesión a Dios y a Jesús, “sublime fundador del Cristianismo”, de cuya vida se ocupó en el libro surgido en París el 24 de junio de 1863.
Del capítulo XI titulado “El reino de los cielos concebido como el advenimiento de los pobres”, son estas citas “El ebionismo puro, la doctrina de que sólo los pobres (ebionim) serán salvados, de que va a llegar el reino de los pobres, fue la doctrina de Jesús. ¡Malditos vosotros ricos -decía- porque tenéis vuestro consuelo! ¡Malditos vosotros que siempre estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Malditos vosotros que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! “Cuando des un festín -añadía-, no invites a tus amigos, a tus parientes, a tus vecinos ricos; ellos te invitarán a su vez y tendrías tu recompensa. Mejor cuando des una comida, invita a los pobres, a los enfermos, a los cojos, a los ciegos; y tanto mejor para ti si no tienen nada que devolverte, porque todo te será devuelto en la resurrección de los justos”.
“La pobreza -reitera Renán- continuó siendo un ideal del que la verdadera línea de Jesús nunca se apartó. Todo el gran movimiento umbrío del siglo XIII, es entre todos los intentos de creación religiosa aquel que más recuerda al movimiento galileo. Francisco de Asís, el hombre que más se ha parecido en el mundo a Jesús por su exquisita bondad, por su delicada comunión, dulce y tierna, con la vida universal, fue pobre”. “Como todos los grandes hombres, Jesús amaba al pueblo y se encontraba a gusto con él. A su parecer, el Evangelio estaba hecho para los pobres; es a ellos a quienes trae la buena nueva de la salvación. El amor del pueblo, la piedad hacia su importancia, el sentimiento de jefe democrático que siente latir en su interior el espíritu de la multitud y se reconoce como su intérprete natural, resplandecen a cada momento en sus hechos y en sus discursos”.
Dice en otra parte: Quizá Jesús encontraba en aquella sociedad al margen de las normas comunes más distinción y generosidad que en la burguesía pedante, formalista, orgullosa de su aparente moralidad…Junto a él podían verse personas llamadas de mala vida, posiblemente sólo porque no compartían las ridiculeces de los falsos devotos. Los fariseos y los doctores se escandalizaban, y -decían- con qué gentes come. Jesús respondía con una agudeza que exasperaba a los hipócritas: No son las personas saludables las que necesitan médicos; o bien (decía): El pastor que ha perdido una de sus cien ovejas deja las noventa y nueve restantes para correr en busca de la perdida, y cuando la ha encontrado la transporta con júbilo sobre sus espaldas; o bien: El Hijo del hombre ha venido a salvar a aquel que estaba perdido; o incluso: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Como refiere dicho autor francés, las mujeres y los niños tuvieron en el Maestro un lugar especial. “Ah, se decían los puritanos, este hombre no es un profeta, porque si lo fuese advertiría que la mujer que le toca es una pecadora. No desperdiciaba ocasión de repetir que los pequeños son seres sagrados, que el reino de Dios pertenece a los niños”
Como casi todo tiene un propósito -oculto o revelado-, he traído a cuento pasajes de la Vida de Jesús -de Ernesto Renán- a fin de compartirlos con una familia amiga -reunida en un punto de Estados Unidos. Formada por Salomé Castellanos, sus hijos Plutarco y Luisa María Rivera Castellanos y un buqué de nietas, la reunión tiene, entre otros propósitos, celebrar por todo lo alto el cumpleaños de Luisa María, al lado de su esposo Brian Feinglass. Que hasta ellos llegue la luz esplendente de Jesús: del Jesús que, al decir de Renán, “fundó el reino de los dulces y de los humildes; el Jesús de los primeros días, días castos y sin mezcla en los que la voz de su Padre resonaba con un timbre puro en su interior”.